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El Coyhaique de Carlos Rosales Ulloa de Pirque

Por Óscar Aleuy / 10 de agosto de 2025 | 07:42
El poeta Vicente Huidobro era de Pirque. Uno de sus cientos de inquilinos se llamaba Carlos Rosales, a quien entrevistamos. Nos cuenta algunos importantes detalles de la vida de los viñedos en tierra de ricos (Foto Memorias de Chile)
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Una tarde de lunes, al aire en la radio, respiraba yo entre el teléfono y el radiocontrolador al otro lado del cristal, cuando me avisaron que me estaba esperando un tal Carlos Rosales.
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En una pausa pequeña, cuando entramos a comerciales y la luz roja se apagaba, me encontré a la salida con un anciano simpático y jovial. Nos miramos, sonreímos, me alargó una mano huesuda y pude adivinar que temblaba. A pesar del frío del lugar y de lo quieto que estaba todo, me llevó de golpe a las casas viejas de 1929, a los caminitos de animaladas entre los quilantos, a la ruma de coligües de Punta El Monte y al puesto de canogas de la última vuelta del Paloma.

Rosales estaba ahí, en silencio, con sus sílabas negras y su canto mudo que le llegaba hasta el pecho enredado en huellas de pudú y un coironal verde claro que avanzaba tierra adentro. Había llegado gracias a unos anuncios en el diario que ofrecían algo así como la vida eterna en pedacitos y que en el mundo no debe haber nada mejor que eso, me dijo en la entrevista. Cuando nos vimos esa tarde, me pidió que le buscara alojo, porque venía entrando del Lago Blanco y aquí no conocía mucha paisanada. Así que lo llevé a vigilar el Arévalo con poca gente y de fondo esos balidos insistentes de tanta oveja rumiando con algunos haciendo tortas fritas sobre los cojinillos. Entonces le hablé sin pausa sobre los gritos de los rayeros y la emoción de las cuadreras de los sábados por la tarde, entrando el 29, antes de la fundación. 

Rosales venía de trabajar en Pirque en los grandes viñedos de Vicente Huidobro. Junto a él, unos cincuenta inquilinos y distinta experiencia a la que iba a encontrar en Aysén.

Los grandes vecinos, Soto, Mackay, Panichine y Vallone

Todo lo que cuento es lo que él me estuvo hablando una semana completa hasta desgañitarse. Rosales me pidió que lo acompañe a caballo para tomar posesión de un buen pedazo de tierra que le estaban entregando sus suegros. Por eso se vino. Se casó con una chica de estas patagonias. Años después lo vuelvo a ver en una ramada dieciochera trabajando muy alegre pero ahora con mostachos. Me cuenta que lo está esperando Juan Mackay.

 —¿El que tiene unas tierras en Las Carachas? — le pregunto.

—Sí, el mismo. Y además un tremendo aserradero. Él me viene a buscar pa’trabajar ahí. Y seguro que me lleva. ¿Usted conoce a este hombre? 

—Sí. Es bastante mentado él. Muy capacitado. Hasta huaso es. 

—No me diga. 

Está ahí encargado del aserreo a brazo, mientras salen las bazas y los tablones. Fue algo durísimo, me dijo abriendo mucho los ojos. Y parece ser que está coludido en las pegas con Cloro Soto, porque me lo nombra varias veces, y de ahí parte la fábrica de ladrillos de Agustín Vallone, un italiano que no tiene competencia en los años 38 y 40, que hace esos hornos que son una maravilla, y siempre esos ladrillos salen excelentes y la gente va y se los lleva en carretas y vuelve a las semanas a comprar más. 

Ese Vallone se hace una casa cerca de Panichine, el de la comisión de límites, un baqueano lleno de mañas y muy diestro. Vallone se apropió de la manzana del frente y la hace suya, completa, y ese sitio es grande, los cuatrocientos metros cuadrados se le hacen poco. Es lo que se llama una industria de veras en medio de un pueblo que no pasa de tener unos nueve años. A medida que avanzaban los años, Rosales se las arregla para cortar 72 mil ladrillos en la fábrica de Vallone. 

Amalita, Barros, Baeza en medio de la pampa

Pocos años antes le toca empastar los predios camperos de los Vidales y Quintanas e incursionar en sitios del centro, como el de Amalia Vidal la farmacéutica, y parecer ser que esa no es el área original de la señorita dama, ya que el sitio de la calle Bulnes donde después se levantará la botica, lo ha comprado un deportado de Ibáñez. A este hombre que se llamaba César Barros, lo envían a cumplir su destierro a Valle Simpson por pensar distinto a lo que propugna Ibáñez. Se asocia con José Tomás Baeza para explotar un boliche. Y de refilón, la Amalia solicita ese sitio para la botica y se lo compra al deportado Barros. Y Rosales aprovecha la oportunidad y le fabrica las maderas para iniciar la construcción, yéndose directamente al campo de Cloro para hacerlo, por ser hombre de confianza. Doña Amalia se siente feliz y ella misma determina qué se va y qué no se va a hacer para que la construcción quede tal como a ella le parece. La farmacéutica se hace muy amiga de doña Azucena y se las ve paseando tomadas del brazo por entre los senderos angostos de una ciudad aburrida. A veces se encuentran en los velorios y en las misas, tan católicas ellas. Mientras avanza la obra de la esquina que luego se verá tan demasiado bonita, las dos amigas saludan mucho al vecindario y a tanta familia, sin dejar de parlotear hasta el reviente. 

Los varones del Almacén Centenario

El Almacén El Centenario se irguió por años en calle Baquedano frente a la usina eléctrica de Uriarte, al lado del Matadero. Las historias revelan espacios que son dignos de ocupar, en un Coyhaique que poco se conoce (Foto Grupo NLDA, 2012)

Azucena ha sido dependiente con contrato en el Almacén Centenario cuando aún está en manos de los socios Vega y Altuna. La misma señora Azucena que después tanto diviso en las aulas (es profesora sin escuelas), se integra a las primeras salas de clases construidas a pulso por los mismos profesores y alumnos, sin esperar resoluciones estatales. El Centenario es un ir y venir. Tanto Adolfo Gómez como Julián Villegas pasan como una tromba por el almacén haciendo compras para el año. Hay en esa construcción unos corredores oscuros en el primer piso donde los clientes se pueden sentar cuando aparece el sol mañanero. Un ambiente de relajo y de casa del siglo XIX. Afuera, unos varones para que los campesinos aten sus pingos cuando compran. Y no digo dónde tenían los galpones o corrales para recibir la mercadería de los trueques, estos hombres socios del Centenario que casi siempre se hacen pagar en animales. 

Hernáez, los Marcarruedas, las posadas del camino

Qué bien se ve Salvador Hernáez cuando es empleado de la estancia y Rosales integrando el equipo de fútbol de los Marcarruedas, famosos representantes futboleros de la Estancia de la Compañía. El viejo fue back derecho aunque reconoce que debe haber sido central por la tremenda velocidad que desarrollaba. Creí verlo lagrimear cuando recordó a sus compañeros de jornadas, Ravanales, Pancho Quezada, don Juvenal, tremendos pelotazos y veloces avances por las bandas. 

GENTE DE LA ESTANCIA COYHAIQUE, pulperos, administrativos. Se destaca el futuro alcalde Salvador Hernáez, campera de cuero a la izquierda. Un ambiente de poderosas influencias antes de la fundación (Foto familia Hernáez, Coyhaique)

Se mueve rápido hacia el interior buscando caminos y sendas que sólo llegan hasta El Balseo, donde Montecinos y su cuadrilla de balseadores. Un par de camiones avanzan desde ese mismo punto hasta alcanzar las infernales huellas y tratar de llegar a Baguales en unos cuatro días. Hay una posada en el mismo Balseo, donde Rosales con su mujer se alojan durante largos cinco días más. Los carreros y los carros, las carretas de bueyes, los caballos, todos se van a enganchar en esa especie de oasis en medio de la selva y los troncos quemados. Esta posada del 56 es atendida por José Manuel López Pinilla y Eulogia Cano Treuquemán desde 1937. Eso me lo dice el mismo Rosales, que siempre habla detrás de sus lentes de miope. La historia me traslada por los Caracoles y me instala en la planicie baja del Puente El Moro donde se maneja con una posada José Huichalao. En el Balseo Laurentina Fournier y Petronila Henríquez. Más allá, cerca del Museo del 32, hay una conformación rocosa natural que, de algún modo los explosiveros abren a propósito para alojarse ahí. La Casa de Piedra es amplia y protectora. Por esos días, me encuentro por primera vez conociendo a Arturo Jara Leal y a la señora Laurentina Fournier. Ellos les prestan caballos para llegar hasta el campo de Próspero Vega en el Balseo. Regreso diez días después por donde vine, y me encuentro por esa parte que no conocía, la silueta blanca de cemento de la Riojana Vieja. Tiempo después ya estoy prensando lana en los galpones de Bernabé.

Las historias anteriores de Rosales

Unos treinta años antes, Rosales había sido trabajador contratado en los viñedos que Arturo Alessandri junto con los Huidobro, administran en Pirque, cerca de Puente Alto. Y llega el día en que quiere hacerse gaucho y entrar a la Patagonia, no sin dejar de contarme lo bien que se ve Vicentito chico cuando vive en la mansión de Pirque y a los Alessandri con su tremenda fortuna. También me cuenta lo de la empleada de Vicentito, una vieja chica así no más, una cagaíta’e’vieja, me dice con sorna, que un día lo lleva hasta la pieza para decirle que debajo del piso de la mansión, Vicente viejo ha dejado escondido un cofre con joyas muy valiosas antes de morir. Era para pensar de dónde viene la riqueza de los ricos—asegura muy serio, imagínese esa empleada vieja decirle eso al hijo del patrón. Todos quedaron forrados. Más de lo que estaban siendo con el negocio del vino. Más ricos todavía. 

Carlos Rosales desaparece en medio de su casa vieja de la Ensenada, una tarde en que hablamos por última vez. Lo observo perfilado hacia un camino sinuoso de fondo y las sombras de un árbol esbelto que se mece con el viento. El caminito llega hasta la casa vieja abrazada por arbustos y ramalazos y cariñosamente me trae una bolsita con cerezas y guindas, todo mezclado. Se oye a lo lejos el parpar de los queltehues cuando empiezo a caminar y a despedirme de él. 

Tiempo después regreso para saludarlo, pero ya está muerto. Lo han enterrado hace dos meses en el cementerio de al ladito. Sus vecinos me muestran la casa vieja por dentro donde creo verlo todavía con sus encías abiertas, y su boca pequeña llena de saliva derramada entre las flores marchitas. No olvido el recuerdo tibio de su voz galopeadora y sus lentes gruesos especiales. Para que sus ojos estuvieran siempre mirando hacia adentro.

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Oscar Aleuy, autor de cientos de crónicas, historias, cuentos, novelas  y memoriales de las vecindades de Aysén. Escribe, fabrica y edita sus propios libros en un difícil trabajo. Ha escrito 4 novelas, una colección de 17 cuentos patagones, otra colección de 6 tomos de biografías y sucedidos y 4 tomos de crónicas de la nostalgia, niñez y juventud. A ello se suman dos libros de historia oficial sobre Cisnes en Patagonia,  una colección de 15 revistas de 84 páginas puestas  en edición de libro y el avance de los libros La Última Esquina y “Nibaldo Schwartzman, el último viajero” .
 

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