Opinión
Por Redacción , 9 de diciembre de 2022 | 09:11

Columna de opinión: No quedó ni el sombrero

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Un verdadero suicidio político cometió el ahora ex presidente de Perú, Pedro Castillo. Su sombrero chotano quedó como recuerdo de su paso por la magistratura del país vecino. Crédito: redes sociales.
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“Somos en realidad sacos llenos de cosas inéditas y sorprendentes”. Es parte de una definición más larga en relación con América Latina realizada en 1982 por el gran Gabriel García Márquez.

El genial escritor colombiano tenía mucha fe en el destino de nuestros países, e incluso se atrevió a aventurar que dentro de un siglo podría cumplirse el sueño de Simón Bolívar de tener una sola patria grande, desde México hasta Chile.

“Ahora América es, para el mundo, nada más que los Estados Unidos: nosotros habitamos, a lo sumo, una sub América, una América de segunda clase, de nebulosa identificación. Es América Latina, la región de las venas abiertas”. Esta fue una de las opiniones de otro notable de las letras continentales, el uruguayo Eduardo Galeano.

Más dulce que Galeano fue García Márquez, quien demostraba más esperanzas en el futuro de la América, mientras que su colega charrúa pedía más pasión entre nuestra gente para salir de la Segunda División de este campeonato universal sin balón.

Nos acordamos de ellos a raíz de los últimos acontecimientos en países vecinos.

Por un lado, está la condena a prisión de la señora Fernández, por el delito de administración fraudulenta durante los 12 años que gobernaron ella y su difunto marido, el expresidente Néstor Kirchner (2003-2015). 

En otra arista del juego político sudamericano, el miércoles 7 nos encontramos con la inexplicable actuación del hasta entonces presidente del Perú, Pedro Castillo, quien intento pasarse de listo y terminó alojado en una celda vecina a la que ocupa uno de sus antecesores, nada menos que Alberto Fujimori.

Lo sucedido a la expresidenta argentina se veía venir. Hubo una larga serie de acusaciones en su contra y hace poco se salvó, por un pelo, de ser asesinada. Vamos a ver cómo termina ese juicio porque, a pesar de kilo de denuncias en su contra, la viuda de Kirchner conserva mucho poder y, aunque desde afuera se vea extraño, también bastante respaldo popular.

Todo lo contrario ocurre con Castillo, quien parece abandonado hasta por quienes lo llevaron al Palacio Pizarro. De hecho, explican desde Lima que fue la soledad la que lo llevó a dispararse a los pies en la extraña jornada del miércoles.

Creyó hacerla de oro dando un autogolpe, cerrando el congreso y decretando un toque de queda en todo el territorio. Nadie le hizo caso, el parlamento unicameral siguió sesionando y más encima, por votación inmediata, lo vacaron, como dicen en Perú cuando a alguien le dan una PLR.

Además, no lo dejaron ni apretar cachete al extranjero. Lo bajaron en andas del auto cuando, aseguran, pretendía llegar a la embajada mexicana. 

Castillo, de quien vamos a echar de menos su descomunal y albo sombrero chotano, cometió un suicidio político casi absurdo. Quiso dárselas de golpista sin necesidad, porque si bien el congreso iba a votar su vacancia, era un hecho que salvaba su cabeza con sombrero y todo porque contaba con los votos necesarios para impedir su decapitación, y seguir tranquilo al mando del buque. Explican los vecinos que el hombrón se disparó a los pies porque nadie le aconsejó no hacerlo. La soledad, que no es la Sole, lo llevó a cometer tamaño error y no quedó ni el sombrero gigantesco en el palacio.

Al conocer sucesos como estos, nuestra sociedad y, sobre todo, nuestros políticos, deben sacar lecciones y aprender que nadie es tan bacán como para pasar piolita, sin que lo pillen.

Por eso molesta saber que en nuestro Chilito a cada rato se sabe que un alcalde gastó el presupuesto municipal en asados y fiestas para sus adherentes, que un concejal tiene las manos muy largas y sin querer pasa a llevar el cuerpo de sus compañeras de trabajo o que algunos parlamentarios tienen demasiadas gift card para que su familia llene los estanques de autos que jamás han estado prestando servicios al Estado, aunque la cuenta la pagamos entre todos los nacidos en la larga y angosta faja.

Escuchaba a un diputado peruano que decía que su país era la envidia del barrio porque habían sabido deponer, o vacar, si lo prefiere, a los últimos seis jefes de Estado. ¿No será como mucho? ¡Ya van seis! A lo mejor es pura mala suerte, porque todos han ido a juicio por corrupción e incluso uno, Alan García, prefirió suicidarse antes que ir a la cárcel.

Quizás se deba a que tienen malos sueldos, lo que no ocurre aquí, a pesar de lo cual más de algún gobernante ha sido sindicado como bueno para llevarse la pega a la casa.

No dejo de pensar en Castillo, pero sobre todo en su sombrero blanco y radiante, y me pregunto: ¿Cómo se vería Gabriel Boric con una boina de ovejero magallánico?  

 Pof Víctor Pineda Riveros

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