Opinión
Por Roberto Cadagán , 30 de enero de 2024 | 15:15

Relato en primera persona: Mi experiencia en el Hospital Base de Valdivia

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Rodrígo Mora Núñez decidió contar su experiencia en el hospital de Valdivia. Crédito: Cedida
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El periodista Rodrigo Mora Núñez estuvo 17 días hospitalizado por una grave enfermedad. Vivió en carne propia las necesidades del Hospital Base de Valdivia, pero también conoció la entrega y esfuerzo de quienes ahí luchan por la salud de los demás. Esta es su historia.

Por Rodrigo Mora Núñez

Fueron 17 días exactamente. 

Nunca pensé que sería tanto. De lo vivido, me doy cuenta de las tremendas falencias que tiene este servicio público: un baño mixto para todos los pacientes del área de Urgencias, lleno total, ni los pasillos, transformados en una sala grande de pre hospitalización, daban abasto.

No existe ahí, un lugar diferenciado para pacientes siquiátricos. Punto aparte, los extenuantes turnos que debe hacer el personal médico -en más de una ocasión- de veinticuatro horas seguidas.

Mi caso, mirando mi historial médico con más calma, puede haber iniciado el 11 de mayo del 2023, cuando fui al SAR por un dolor de espalda y me diagnosticaron síndrome cervicobraquial. Me recetaron tres medicamentos por tres noches y tres días. 

No resultó, continué con molestias y tuve que ir a médico particular, que me indicó otro tratamiento con pastillas, por una semana, lo que me ayudó mucho y ya no sentí la molestia. Sin embargo, a fines de diciembre del 2023, nuevamente comencé con un leve dolor de espalda en el costado izquierdo, no le di mucha importancia, hasta que pasaron unos días, tosía y el dolor era más fuerte, resintiendo hasta el pecho.

El miércoles tres de enero del 2024 decidí ir al SAR de Barrios Bajos, que queda cerca de mi casa. La doctora de turno me derivó a hacerme una radiografía. Al revisarla, ella dice: “Mire, tiene una manchita en el pulmón, lo que es indicio de una neumonía bacteriana”. 

Me recetó amoxicilina de 500 mg, y diclofenaco por siete días. Al cuarto día de tratamiento, me sentía peor, con más dolor, como si me clavaran una aguja por la espalda llegando hasta el pecho. 

Fue el domingo siete de enero que regresé al SAR, pero estaba colapsado, así es que, ya entregado (porque le temo a los hospitales) me digo: “Ya, no queda otra. Tengo que ir a urgencias, no doy más”. 

Ahí comienza todo lo vivido en Urgencias del Hospital Base Valdivia.

Un amigo se ofreció a llevarme, porque a esas alturas ni caminar podía. Al llegar a Urgencias, tuve suerte de que hubiese poca gente. Me atendieron rápido. El Dr. de turno me hizo las preguntas de rigor, revisó la radiografía que me habían realizado en el SAR, y me dijo que había que hacer otra, para comparar. 

En el momento en que el médico me estaba examinando, ingresó una señora (paciente con bata de hospitalizada), gritando, como perdida, con una cara extraña... le pregunté al doc: ¿Y ella quién es? Él me responde: “Lo que sucede es que en este servicio de urgencias tenemos un grave problema, se mezclan pacientes con diferentes patologías; entre ellos, personas con problemas siquiátricos. No tenemos un lugar donde atenderlos a ellos(as) aparte”. 

En ese momento pensé “¡¡Aaaaaaaaaaaay Diosito, lo que me espera en esta noche, o las siguientes!!”.

Pasaron las horas, me hicieron la radiografía, el doctor la revisa y me señala que hay una diferencia significativa con la primera. La neumonía está más avanzada, por lo que quiere asegurarse y me envió a realizarme un scanner.

Llegó la noche y el doc me dijo que probablemente quedaría hospitalizado, pero que aún debo esperar...

Larga espera

Urgencias estaba llenísimo, había que caminar entre los enfermos para llegar al único baño disponible en toda el área, además es mixto. No tiene pestillo ¿por qué? pregunto. Me dicen que es para prevenir cualquier cosa con los enfermos siquiátricos.

En un instante, veo al médico en el pasillo y le pregunto ¿qué pasará conmigo? Me respondió: “Prefiero que te quedes hospitalizado, acá estarás mejor”. Le respondí: “¿En serio?”.

Él me dice: “Falta el informe del scanner, que se demora, avísale a un familiar, te haré el ingreso”.

Desaparece rápidamente. Yo pienso: “chucha, este doc debe ser el único para toda el área de urgencias”. A esas alturas ya estaba entregado a lo que viniera.

Le aviso a mi madre que quedaría hospitalizado y que me trajera las cosas básicas. Al rato llegó y se dio cuenta de cómo es Urgencias. 

Me pasaron una bata de hospitalizado, mi madre se llevó mi ropa y me quedo en una camilla en el pasillo esperando alguna pieza o un rinconcito.

A medianoche, me ingresan a un lugar con mi camilla que era puro fierro. ¡Qué mal la pasé con ese colchón de menos de un centímetro!

Dormir… No, nada, porque tenía mucho dolor y aparte me dejaron un una sala en donde podía ver el trabajo de todo el personal, moviéndose de un lado para otro, haciendo sus pociones mágicas. Es área de urgencias y así lo mentalicé. De madrugada, algo sucedió, había mucho movimiento. Era un baleado, todos corrían. Mientras tanto me inyectaban algo a la vena para el dolor. Tenía que esperar que se desocupara una cama, no una camilla, en el sector de Medicina. Y me dijeron que debía tener paciencia. “¡¡Aaaaaaaaaay¡¡” digo yo.

A todo esto, en esa sala yo estaba aislado, no podía ir al baño. ¿Por qué? Porque debían hacerme el examen PCR para descartar covid-19. Así es que aprendí a hacer pipí, en los famosos “patitos”.

Al día siguiente, después del mediodía me dijeron: “Señor, tendremos que cambiarlo de sala, va a estar acompañado, podrá conversar con alguien” (en tono de broma). Por lo que les respondí: “¿Será posible que me puedan cambiar la camilla, resulta que yo vengo porque tengo dolor en la espalda y esto me da más dolor?”. Me respondieron: “Por ahora nada, está todo lleno”.

Me llevaron a otra sala con un adulto mayor que estaba con oxígeno y en aislamiento, esperando el resultado PCR. Por la tarde, una enfermera nos dio la información que el resultado era negativo. Lo bueno de esto, es que pude ir al baño a hacer del dos (cacuca), ya que me había aguantado más de 24 horas.

Avanzó la hora, y a mi acompañante le dieron la buena noticia de que lo trasladarían al sector de Medicina. “¡Bravooooooo!” exclamó, porque el pobre, llevaba esperando varios días.

Quedé solo, esperando mi turno, que dieran de alta a alguien y poder estar “más cómodo”, mejor atendido. Mientras tanto, mi dolor continuaba, y sólo me daban calmantes.

Llegó la noche, la segunda que llevaba en urgencias, ya conocía el lugar, pero recibo una mala noticia. Otra vez, me cambiarán de sala. Mi sorpresa y grande fue que, donde me llevaron, era la única sala en donde están los enfermos siquiátricos. “Me vieron cara de uno de ellos” pensé. 

La verdad es que, lo estaba pasando mal. Pedí hablar con el enfermero de turno, porque olvidarse de que el doc me atendiera por esta situación.

Yo quería otro lugar y otra cama, pues el dolor se intensificaba. 

Un enfermero vio mi cara y cambió el colchón por uno mejor, más grueso. Se notó la diferencia.

Cercano a la medianoche (la segunda en urgencias) escuché mi nombre a lo lejos. “¡¡Rodrigo Mooora!!”...

Me senté en la camilla, llegó una enfermera y me dijo que me trasladarían a Medicina. “Gracias Diosito, gracias. Casi me cae una lágrima".

En sección Medicina 

Me tocó la camilla 404 del cuarto piso, sección Medicina. Estoy junto a otros cinco pacientes. Al fin pasé una noche en una mejor cama y todo más silencioso.

Al otro día, tempranito, llegó a verme un médico muy joven, amable. Me dijo que le relatara todo. Eso no se los contaré de nuevo. 

El doc, luego de escucharme, me señaló que estaba hospitalizado por un leve derrame pleural izquierdo y se me aplicaría antibiótico endovenoso y algo para el dolor.

La seguridad para las visitas

Punto aparte, pero no menor, es la seguridad para las visitas que van a ver a sus parientes que están hospitalizados. Uno que es ignorante en el tema y no sabe cómo es el sistema, dice a todo que sí, hasta que te toca la realidad. 

Resulta que el “Hospital Amigo”, así es el nombre de denominación que la dirección tiene, pero este sistema está vigente desde la pandemia y no ha cambiado.

Sólo puede ingresar una persona. O sea, va mi madre, con mi abuela de 83 años, y una debía quedar fuera. Mal sistema. Por lo menos hicieron excepción por ser adulto mayor.

Este sistema debe cambiar.

Pasan los días...

Bueno, continué con el mismo tratamiento, mientras veía que iban cambiando a alguno de mis vecinos de sala. Dos fueron dados de alta, otro se fue a Temuco para operación al corazón.

En mis redes sociales, fui publicando el día a día, eso me ayudó mucho, sobre todo a mi estado anímico. Aprovecho de agradecer a taaaanta gente que me escribió entregando sus buenas energías, preocupación y oraciones.

En el sexto día de hospitalización, ya me habían realizado varios exámenes (para que entrar en tanto detalle, y tampoco recuerdo los nombres de todo), pero me habían hecho en dos ocasiones una aspiración de líquido pleural, en el primero salieron dos tubos y el segundo nada. Por lo que decidieron que debía ir a pabellón para intervención.

Momento de agradecer a todo el personal del servicio de Medicina, especialmente del cuarto piso, al médico y la doctora que siempre estuvieron atentos a mi salud y haciendo todo lo que estaba a su alcance. 

Gracias a la persona a cargo del aseo, a las Tens, enfermeras, por su paciencia con este cobarde.

A pabellón

El octavo día de hospitalización, (17 de enero del 2024) llegó el gran día de pabellón para cirugía, por derrame paraneumónico. La descripción decía: “se decide realizar aseo por VATS, quedando con dos tubos de pleurostomía”.

El post operatorio, fue lo más terrible. La sufrí toda. 

Después de recuperación me llevaron al sector de Cirugía Adultos en el tercer piso del lado del “hospital nuevo”. 

Por la madrugada, gritaba de dolor, la tens o enfermera a cargo, después de escuchar quejarme y gritar de dolor me dijo: "Yo lo siento, pero si el médico no nos deja ninguna instrucción nosotros no podemos medicar". Entendí y no la culpé. El sistema, al menos en ese servicio, es el que debe cambiar.

Así es que a aguantar en lo posible, no dormí nada. Al otro día, lo mismo en la mañana. Por la tarde, sólo quería ubicar rápidamente al doctor que me operó e hiciera algo. Mi madre intercediendo a la hora de visitas para que me coloquen algún medicamento para el dolor. Tipo 18 horas me llevaron a pabellón y un anestesiólogo me inyectó algo milagroso.

Al otro día, el doc que me operó llegó temprano. Le conté todo lo que había sentido. Me dijo que era normal por la intervención. “Ojalá Dios te escuche” decía en broma en mi interior.

A todo esto, ¿sabían ustedes que especialistas para intervenciones de tórax en el Hospital Base hay sólo dos?}

Sin alargarme más, lo único que quería a esas alturas, era que pasaran los días y me sacaran esos tubos. Lo bueno, es que ese dolor intenso fue bajando. Fui evolucionando favorablemente.

El día dieciséis de hospitalización, me sacaron un tubo y al día siguiente, me extrajeron el segundo. Y mi súper doctor decidió darme de alta, con tratamiento de antibiótico en la casa.

Pasadas las 14 horas del miércoles 17 de enero, me entregaron todos los documentos y pude abandonar esa sala. Pero las cosas de la vida, mientras iba en busca de mis medicamentos para seguir tratamiento en casa, me encontré con mi amigo Patricio Alarcón, él iba ingresando a hospitalización y yo de retirada. Nos dimos un gran abrazo y no podía faltar la foto para las redes sociales.

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