Opinión
Por Frederic Smith Bravo, columnista , 18 de marzo de 2024 | 08:29

Opinión: Descansar antes de tiempo

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Por Frederic Smith. "Este columnista menor está sorprendido por la reacción general ante la muerte del expresidente Piñera, que parece considerarse prematura, no obstante su condición de septuagenario".

Este columnista menor está sorprendido por la reacción general ante la muerte del expresidente Piñera, que parece considerarse prematura, no obstante su condición de septuagenario. Y quien escribe estas líneas sabe lo que eso significa, ya que le llevaba casi dos años, como se decía en otros tiempos. Pero, pensándolo bien, debe tenerse en cuenta que hace dos años era todavía Presidente, y lo había sido dos veces por cuatro años cada una. Y nunca había dejado de pensar también y actuar como un investigador y docente y hábil hombre de negocios. No hemos llegado aquí a sepultarlo ni a elogiarlo. Fue activísimo y exitoso, pero ahora descansa en paz. La historia irá haciendo con su obra un lento trabajo. Parece que es malo ser presidente. Es preferible haberlo sido. 

Esto nos hace recordar cuántos murieron más jóvenes que él durante el ejercicio de su cargo, o lo sobrevivieron muy poco. Vienen a la mente casi de inmediato Pedro Aguirre Cerda y Juan Antonio Ríos, víctimas de la tuberculosis y el cáncer, a la edad de 62 y 57 años, respectivamente. Salvador Allende se quita la vida antes que darse preso, y José Manuel Balmaceda espera asilado en una embajada hasta que termine su presidencia para quitarse la suya. Allende tenía 65 años y Balmaceda apenas había cumplido 51. En cambio, Carlos Ibáñez, quien no alcanzó a sobrevivir dos años a su segundo mandato, falleció de cáncer a los 82. A su vez, Federico Errázuriz Zañartu había terminado hacía apenas diez meses su período cuando murió de un infarto fulminante; sólo cuatro meses después de cumplir los 52 años. En fin, no es nuestro propósito una estadística que pueda asustar o tranquilizar a candidatos ni compañías de seguros. Sólo nos proponemos detener un rato al lector en otro personaje que merece ser recordado. No es uno de los grandes, pero tampoco uno de los olvidables. Pero, como se dice tan trivialmente en estos tiempos, con sus luces y sus sombras.

Pedro Montt nació el 29 de junio de 1849 en Santiago, el tercero de once hijos de Manuel Montt Torres y Rosario Montt Goyenechea. Su padre era entonces diputado por Santiago y miembro de la Comisión Permanente de Gobierno y Relaciones Exteriores de la Cámara, y se convertiría el año 1851 en Presidente de la República, siendo reelecto por un segundo quinquenio hasta 1861. Fue el primer civil en ostentar dicho cargo, un tradicionalista pelucón por temperamento, y convencido garante de la Constitución de 1833, pero uno que protagonizó varios lances con el clero católico, en un conflicto que remató en la creación del partido conservador a fines de 1856, el cual cambió inmediatamente su lealtad con Montt por la colaboración con elementos católicos del partido liberal. Quedó así como partido de gobierno el nacional, creado sin demora en enero de 1857 por inspiración de Montt y su ministro Antonio Varas, el cual bien podría describirse como de centro-derecha autoritaria y laica, y progresivamente dirigido por grandes comerciantes y banqueros. No parce que Pedro, quien tenía apenas dos años de edad al comenzar su gobierno y doce al terminarlo, haya sido preparado  por su padre para ser su delfín. Él era de aquellos pelucones que habían mantenido los preceptos portalianos, entre los cuales aquellos de un gobierno impersonal. Preferir a los parientes no era aceptable. Crear una dinastía, un pecado mortal.  

Hay que imaginar el hogar de los Montt, en la gran casona de la calle Monjitas, construida entre 1830 y 1838 por Filiberto Montt y su esposa, abuelos maternos de Pedro. La tarea de formar a once hijos no podía llevarse a cabo fácilmente en esos tiempos. El padre estaba totalmente absorto, primero  en sus obligaciones como presidente de la Corte Suprema durante un año, luego como presidente de la República durante diez, y de nuevo como presidente de la Corte Suprema, cargo que desempeñaría hasta su muerte en 1880. El carácter de los hijos no podía formarse en juegos y conversaciones de sobremesa, diversiones y aventuras juveniles, ni expandirse libremente en actividades sociales una vez alcanzada la mayoría de edad. Solo podemos imaginarnos hasta qué punto esa intensa seriedad de Manuel Montt, un servidor público tan enfocado como poco tolerante con sus adversarios, debe haber ejercido autoridad en el hogar. 

Siendo así, no resulta extraño que Pedro Montt haya sido descrito por un contemporáneo como dotado de un semblante moreno de facciones duras, iluminado rara vez por una sonrisa, agregando que ello estaba acorde con la rigidez y austeridad de su conducta. Aunque dirigió desde muy joven el partido nacional como si fuera su familia, y cultivó siempre su lealtad, nunca actuó en política por resultar simpático. No obstante, el mismo autor, que fue discrepante de su presidencia, subrayaba que había sido objeto de un afecto indescriptible y entrañable adoración por sus partidarios. (Ovalle, 1918)

Como buen miembro de la élite, estudió en el Instituto Nacional y luego Derecho en la Universidad de Chile. Consta que fue un excelente estudiante, que no se contentaba con lo exigido, sino que investigó siempre en la excelente biblioteca de su padre, invirtió luego en la propia, y visitó las mejores de Europa en sus viajes de estudio, intentando profundizar en los conocimientos económicos. 

Muy poco se conoce sobre una época si no se atiende a la evolución de las condiciones económicas de un país. Esta afirmación cuya verdad nos parece tan obvia ahora, que no pasa un día en que, si tenemos encendidos un televisor o una radio, no hayamos podido conocer la evolución del dólar, del precio del petróleo, del cobre o del litio, también vale respecto de un período como aquél en el cual Chile comienza a ser un país exportador de materia prima. Sólo que en aquellos tiempos la información no llegaba de manera inmediata. Si el momento era favorable o desfavorable, sólo se sabía una vez que alguien vendía su cosecha o el mineral extraído. El impacto sobre la población de los sucesivos períodos de riqueza o pobreza era, muchas veces, sorpresivo o inexplicable. Sin embargo, una mirada desde nuestro tiempo, con mayor disponibilidad de datos, así como herramientas de análisis y el aporte de distintos puntos de vista historiográficos, permite describir el período que va desde 1810 hasta 1900 como uno de gran crecimiento, pero también muy inestable.   

Durante el siglo XIX los problemas parecen haber sido reducidos a dificultades de carácter monetario, es decir, técnicas, de muy difícil solución, respecto de las cuales medio mundo se sentía obligado a opinar. En eso, las cosas no cambiaron instantáneamente en el tránsito de Colonia a la República, pero sí se manifestó de manera más nítida una heterogeneidad y estratificación en la cual podía distinguirse al menos entre una clase de españoles nacidos en España, una de chilenos nacidos en Chile y una de indígenas y principalmente de mestizos de españoles e indígenas, cada una con sus afanes de predominio, de igualdad o de justicia. También comenzaba a distinguirse entre los intereses comerciales y los agrícolas 

Se destaca como primera ley de política comercial republicana el detallado decreto dictado en 1811 por la Junta de Gobierno, que abrió al libre comercio los puertos de Coquimbo, Valparaíso, Talcahuano y Coquimbo, prohibiendo toda importación de productos por los demás puertos. Además, se reglamentaba la “exportación” de numerario (moneda) y metales preciosos, estableciendo que “las embarcaciones extranjeras no podrán extraer del Reyno el oro o plata en pasta, en piña labrada o chafalonía (objetos burdos o inservibles de plata y oro, sólo aptos para fundir), ni los reales, pesetas y cuatros del nuevo cuño; podrán sí extraer los doblones y pesos fuertes”, pagando por el oro el 2 1/2% de derechos y por la plata el 5%. Esta norma, descrita normalmente como de apertura al comercio con países distintos, cuando no competidores de España, era en realidad un reflejo algo burdo de una política mercantilista o proteccionista, en cuanto privilegiaba el comercio de exportación y la conservación de los metales preciosos obtenidos por esa vía, prohibiendo todo pago por importaciones (Martner, 1923). En un país sin industrias, que no tenía una producción importante de oro o plata, ni tampoco visualizaba una vocación exportadora de minerales como el cobre y el salitre, hubo mucho tiempo en que los supuestos conocedores dieron palos de ciego, dando vueltas en torno a la posibilidad de que hubiera bancos con suficiente respaldo para emitir y dar circulación a billetes fidedignos y otorgar y recuperar créditos. En algunos períodos, los billetes eran convertibles a una cierta tasa o equivalencia fijada legalmente, en moneda de plata o de oro a su sola presentación en el banco -privado- emisor. Esos mismos billetes solo eran recibidos por los demás bancos con un descuento que era variable. Incluso podían rechazarlos, si dudaban de su respaldo. En otros períodos, se declaraban inconvertibles, es decir, los bancos no estaban obligados a cambiarlos por moneda de oro o plata. Las épocas de convertibilidad eran consideradas sintomáticas de estabilidad y riqueza, las de inconvertibilidad, como responsables por inflación y pobreza.

Pocos bancos participaron en los primeros tiempos de la emisión de billetes, muchas veces como un giro complementario de sociedades comerciales, recibiendo aprobación tácita de la autoridad. La falta crónica de circulante se suplía con la circulación de vales y fichas. Con el correr del tiempo, fue aumentando el comercio exterior y las correspondientes operaciones de crédito, por lo que el 23 de julio de 1860 debió dictarse una ley reglamentando la creación de bancos de emisión, es decir, aquellos que a las operaciones propias de los bancos agreguen la de emitir billetes pagaderos a la vista y al portador, cualquiera que sea la forma en que estén extendidos, por una suma no superior al 150% del capital efectivamente realizado a) en moneda legal del país, en barras de oro o plata o b) en obligaciones y documentos suscritos por personas notoriamente solventes a seis meses de plazo o menos; así como normas sobre su administración, exigencias y naturaleza de su capital, especialmente de  la obligación del pago en monedas de oro y plata de los billetes al portador y a la vista; responsabilidades de los directores, y limitaciones al otorgamiento de préstamos (https://bcn.cl/3gli3). 

El año 1866, el gobierno se vio obligado a financiar la guerra con España mediante créditos otorgados por los bancos, con la contrapartida de aceptar a la par el pago de obligaciones tributarias mediante esas emisiones bancarias, con lo cual no hubo libre conversión. Ello no tuvo mayor impacto, tomando en cuenta que la cantidad de billetes en circulación era relativamente pequeña, haciendo posible que el comercio los recibiera también a su valor nominal. En 1878, sin embargo, en vísperas de la Guerra del Pacífico, la necesidad urgente obligó a la inconvertibilidad de los billetes relacionados con créditos y en 1879 el gobierno comenzó a emitir vales y billetes fiscales, que exhibían la leyenda: “República de Chile. Convertible en oro o plata por el Estado en conformidad a la ley”. Ello siguió haciéndose, a pesar de la inflación producida como consecuencia de los gastos extraordinarios en obras públicas del gobierno de Balmaceda, hasta 1895, en que se decretó explícitamente la convertibilidad para los emisores privados. Esto duró solamente hasta julio de 1898, en que una desestabilizante corrida contra el Banco de Chile obligó a la dictación de la Ley N° 1.054 sobre Papel Moneda, que suspendió la convertibilidad y autorizó la emisión de 50 millones de pesos en billetes fiscales de curso forzoso. (Millar, 1994) 

Subyacente a este vaivén estaba la insuficiencia de los recursos generados por las exportaciones chilenas para financiar lo requerido por sus importaciones, y el consiguiente deterioro de la balanza de pagos por el aumento del endeudamiento externo privado y público. Emisión de billetes y, por ende, inflación y más emisión. La devaluación de la moneda respecto de la libra esterlina fue 45 5/8 de peniques en 1870, a 30 7/8 en 1880, 24 1/6 en 1890, y 16 4/8 en 1900; debe recordarse que en aquellos tiempos la libra esterlina tenía 240 peniques, hoy sólo 100 decimales. (Castedo, 1999) Es como si hoy, en lugar de decir que la moneda de referencia, el dólar, subió a 1.000 pesos, dijéramos que el peso se devaluó a una milésima de dólares.

En 1901, era presidente el liberal Federico Errázuriz Echaurren, hijo del presidente de su mismo nombre. Su gobierno se había caracterizado por tal inestabilidad de las combinaciones políticas, que se llegó a diecisiete gabinetes en lo que se llamó una rotativa ministerial. Así, a pesar de las exitosas relaciones exteriores, que remataron en los Pactos de Mayo, resolviendo los problemas de límites con Argentina, y del correcto manejo de la economía el presidente nunca logró su propósito de formar un gobierno que resultara satisfactorio para la Alianza Liberal, y menos a fin de enfrentar la elección presidencial. A pesar de preferir naturalmente la candidatura de su primo y cuñado Germán Riesco Zañartu, no quería que se dudara de su prescindencia electoral. Deteriorada además notablemente su salud, Errázuriz delegó el poder en el Ministro del Interior, Aníbal Zañartu Zañartu antes de la elección, y sería el primer presidente en fallecer antes del final de su período.

El candidato natural de la Coalición Liberal era Germán Riesco. A pesar de haber sido funcionario del Ministerio de Justicia, luego ministro y presidente de la Corte de Apelaciones de Santiago, para jubilar como Fiscal de la Corte Suprema, a fin de ser electo senador por Talca el año 1900, cargo que no alcanzó a ejercer. Sin embargo, tuvo gran participación en la política de salón que caracterizó ese período histórico, en las filas del Partido Liberal, fundado por su tío, el presidente Federico Errázuriz Zañartu, a raíz de lo cual sus simpatías personales, al igual que las de su primo Errázuriz Echaurren antes que él, fueron virando progresivamente hacia una coalición de liberales y conservadores. Sin embargo, llegada la elección presidencial, se produjo la reunificación tras su candidatura de la Alianza Liberal, compuesta por radicales, liberales doctrinarios, liberales democráticos (balmacedistas), liberales de gobierno y algunos conservadores sueltos. Su contrincante, el Presidente del Senado Pedro Montt, iba apoyado por una coalición de los nacionales y los conservadores, lo que lo situaba en una postura más bien autoritaria. Se enfrentaban dos personas muy distintas. Montt, según dijimos, era un político experimentado, militante del partido nacional y diputado por Petorca desde 1878, luego Ministro de Industria y Obras Públicas y de Hacienda bajo Balmaceda. En 1890, renunció para unirse muy activamente a la oposición al gobierno en el Congreso, cuestionando la omnipotencia que atribuía al Ejecutivo, para propugnar el parlamentarismo como el sistema óptimo de gobierno. El resultado de la elección fue de 184 electores para Riesco y 83 para Montt.

A este columnista, que padece de una ceguera hereditaria de color o discromatopsia, le ha llamado siempre la atención que haya personas que no tienen problemas para detectar las diferentes tonalidades de rojo y verde, pero mucho más la aptitud que creen tener algunos para distinguir entre los distintos matices de rubio y moreno. Y sacar las conclusiones más descabelladas al respecto…

Los análisis del resultado de la elección de 1901 hacen gran caudal de las diferencias. Su hijo y biógrafo describía a Riesco como “muy blanco de tez, de cortos cabellos rubios, barba y bigote a la moda española, largas y pobladas cejas bajo las cuales brillaban penetrantes o sonreían maliciosos sus claros ojos azules, que entrecerraba un tanto para vencer su ligera miopía”. Leopoldo Castedo obtuvo de Encina este comentario: “Tenía un aire de gentleman cuidadoso de su persona y sus modales”. Dotado de convicciones liberales, moderado y tolerante, y de una puntillosa honestidad, durante su presidencia la oligarquía pudo ejercer el poder quitando y poniendo combinaciones de gobierno aparentemente adversas, pero sin diferencias fundamentales. La impresión general fue de inestabilidad política y deterioro económico y moral. No es raro que este quinquenio haya producido un escenario tan distinto en la elección presidencial de 1906.

Varias causas explicaban la derrota de Pedro Montt en su primer intento por llegar a la presidencia. En primer lugar, su actuación contraria a Balmaceda en la guerra civil de 1891, la cual pareció una traición a los principios de un gobierno presidencial fuerte que habían inspirado al partido monttvarista y también le significó la antipatía duradera de los liberales democráticos o balmacedistas, que hubieron de sufrir su vigilancia cuando fue Ministro del Interior de Jorge Montt. En segundo lugar, el hecho de que su candidatura haya sido apoyada por una coalición de nacionales y conservadores, que se preveía como altamente inestable, al contener católicos y laicos, agricultores y comerciantes, papeleros y oreros. En tercer lugar, aunque no menos importante, la personalidad y el estilo de Montt. Incluso su presencia física de burgués, tan distinta de la aristocrática figura de Riesco. Moreno, como ya se dijo, prematuramente canoso, tenía una mirada penetrante, no se permitía sonrisas para diluir situaciones complicadas y su discurso era elocuente pero enérgico. Era un hombre culto, pero una vez convencido de algo, era imposible moverle de sus posiciones, y sólo quedaba esperar su golpe de autoridad. En cuarto lugar, la violencia verbal de la campaña, traducida en la creación de pasquines que llegaron a acusarlo de ser “un garrote negro y tieso”, “un zulú forrado en piel de cocodrilo” al servicio de los empresarios yanquis e ingleses e incluso del gobierno de Argentina y a explicar su convicción favorable a la convertibilidad como evidencia de su codicia por el oro de los bancos extranjeros. (Gaete, 2019)   

Como ha ocurrido tantas veces en nuestra historia política, en 1906 la opinión quería exactamente lo contrario al gobierno saliente. Había llegado la hora de Montt. Y ahora él era el candidato de la Alianza, que, con el nombre de Unión Liberal, incluía a los liberales, los radicales y los nacionales, además de una facción conservadora. El resultado de la elección de 1906 fue: 164 electores para Montt, 97 para Fernando Lazcano y 1 para el demócrata Zenón Torrealba. 

Después de una partida en falso con un gabinete compuesto por dos nacionales y cuatro liberales, designó un gabinete llamado universal, por cuanto estaban representados todos los partidos, incluso dos ministros conservadores, uno de los cuales había sido del ala simpatizante con su candidatura y otro simpatizante con la de Lazcano. Este gabinete fue sorprendentemente estable, así como los siguientes mientras se mantuvo intacta la mayoría. Pero termina lo que hoy en día llamaríamos la luna de miel del gobierno, y se ve obligado en junio de 1907 a formar un gabinete con conservadores y liberales democráticos, iniciando un vaivén de sus políticas al ritmo de sus cambios de gabinete, de los que formó veintiuno.  Su descrédito se acentuó con la concesión de enormes obras públicas como el ferrocarril longitudinal del Norte a empresas extranjeras, la plaga de fraudes y especulación mediante sociedades simuladas, y un escenario externo muy desfavorable, con una gran crisis mundial en 1907. Por otra parte, aunque logró una autorización para emitir billetes fiscales contra depósitos en oro, con una paridad de un peso por cada 18 peniques, no le fue posible a Montt restablecer el patrón oro en el que creía (suspendido en 1898, como se indicó), ya que una prosperidad ilusoria, impulsada por emisiones persistentes, significó un proceso inflacionario de proporciones y una devaluación significativa, llegando el peso a 8 peniques en agosto de 1907. Lo peor fue un aumento intolerable de la pobreza y el malestar obrero, con la imborrable tragedia de Santa María de Iquique ese mismo año. Y la inconvertibilidad que durará hasta 1925, año en que se dictarán la Ley del Banco Central de Chile, la Ley General de Bancos y la Ley Monetaria, que consagraba el patrón oro, la cual rigió hasta 1931, año en que la crisis del 29 obligó a establecer definitivamente la inconvertibilidad del peso, adoptando de facto el papel moneda, lo cual se sancionó definitivamente en la Ley Orgánica del Banco Central de Chile de 1975. 

Quedaron como saldo positivo del quinquenio de Montt obras públicas como la finalización del Ferrocarril Transandino iniciado en el gobierno de Riesco, la iniciación del Ferrocarril de Arica a La Paz, aprobada en el gobierno anterior, y las bases de un ferrocarril longitudinal que uniría en 1913 desde Pisagua hasta Puerto Montt, con muchos ramales transversales. Dejaría además buenas cifras en la producción agrícola, ganadera, minera e industrial. Todo ello, según se podría ver en testimonios fotográficos, le significaba pagar un alto costo con el deterioro progresivo de su salud.

Convencido por fin de que no podía seguir desempeñando su cargo, el 8 de julio de 1910 Montt abandona su cargo “por ahora” en manos de Elías Fernández Albano, lo que el Senado concede, “por el tiempo  necesario para  atender al restablecimiento de su salud”. El día 17 del mismo mes se embarca en el crucero Esmeralda, para llegar a Panamá, luego siempre por mar a Jamaica y a Nueva York, y de allí a Boston en un tren expreso, regresando a Nueva York para embarcarse a Europa. Parecía estar muy bien. Tocó allí tierra el 15 de agosto en el puerto inglés de Plymouth, donde debió saludar a varios personajes chilenos, después de lo cual su secretario, Manuel Valdivia, notó que, por primera vez en ese viaje que alcanzaba ya a un mes con intensa actividad protocolar en cada etapa, el presidente se encontraba repentinamente en un estado de “decaimiento completo”. El martes 16, una vez llegado a Bremen, Montt hacía inútiles esfuerzos por disimular cuán mal se sentía. A las 11.50 de la noche falleció mientras su secretario lo sostenía abrazado en pie. Su corazón no dio más. Tenía apenas sesenta años de edad, y ganas de seguir trabajando como lo hizo toda su vida.    

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